
27 de noviembre de 2025
Transformaciones hidráulicas y agrarias en Doñana
La evolución hidráulica y agraria de Doñana desde el siglo XIX constituye un ejemplo paradigmático de cómo las intervenciones humanas pueden alterar profundamente el funcionamiento de un sistema ecológico complejo.
Una historia de desconexión ecológica
A lo largo de dos siglos, las actuaciones sobre el río Guadalquivir, el Guadiamar y la propia marisma han perseguido objetivos productivos —principalmente agrícolas— que han entrado en conflicto progresivo con la conservación del espacio natural.
Uno de los primeros hitos fue la corta del Brazo de la Torre en 1815, que modificó el curso del Guadalquivir, impidiendo que atravesara la marisma como lo hacía originalmente. Este cambio redujo significativamente las aportaciones naturales de agua durante las crecidas invernales, alterando el hidroperiodo que sustentaba la biodiversidad del sistema .
El proceso se intensificó en el siglo XX con la construcción del dique de Entremuros en 1955, que permitió la desecación y puesta en cultivo de unas 15.000 hectáreas. Esta infraestructura consolidó la transformación agraria del territorio, pero al mismo tiempo supuso la fragmentación del sistema hidrológico, limitando la conectividad entre el río y la marisma.

Posteriormente, la construcción del denominado “Muro de la FAO” y la canalización de arroyos como el de la Cigüeña reforzaron esta desconexión. En paralelo, durante las décadas de 1970 y 1980 se desarrollaron actuaciones de restauración parcial —como la recuperación de caños o la inundación artificial de determinadas zonas— que evidencian ya la conciencia creciente sobre el deterioro ecológico del sistema.
Un punto de inflexión clave se produce en 1984 con la reconstrucción del dique natural del Guadalquivir, conocido como la “Montaña del Río”. Esta actuación buscaba aislar la marisma de las mareas y controlar la entrada de agua salina, pero tuvo efectos colaterales relevantes: dificultó el drenaje natural y alteró los patrones de inundación, generando acumulaciones de agua y procesos de colmatación en determinadas zonas.
En 1998, tras el desastre minero de Aznalcóllar, se reforzó aún más el sistema de diques para evitar la entrada de contaminantes, incrementando el aislamiento hidráulico. A partir de ese momento, la marisma pierde prácticamente la influencia directa de las crecidas del Guadalquivir y pasa a depender de aportes locales y de una gestión artificial del agua.

Las intervenciones posteriores, como el proyecto Doñana 2005 o la permeabilización de Entremuros mediante vados en 2014, intentan revertir parcialmente esta situación. Sin embargo, estas actuaciones se plantean bajo un enfoque de control y prudencia, permitiendo la entrada de agua solo en condiciones determinadas (por ejemplo, caudales superiores a 10 m³/s), lo que limita su efectividad en términos ecológicos.
En paralelo, el desarrollo agrícola intensivo y la extracción de aguas subterráneas han provocado un descenso del nivel freático y la desaparición de surgencias naturales, agravando la desconexión hidrológica y aumentando la vulnerabilidad del sistema frente a sequías.
El resultado es un territorio profundamente transformado, donde los objetivos productivos —regadío, control de inundaciones, infraestructuras— han prevalecido históricamente sobre la funcionalidad ecológica. El desafío actual consiste en reconciliar ambos enfoques, restaurando en la medida de lo posible los procesos naturales sin comprometer los usos socioeconómicos existentes. Este equilibrio constituye el núcleo del debate contemporáneo sobre el futuro de Doñana.



